México en muchos sentidos es una nación en decadencia. Tenemos cualquier cantidad de vicios que nos colocan como punteros de varias actividades degradantes. Año con año Transparencia Internacional nos exhibe como uno de los países más corruptos del planeta. Tenemos disparidades tragicómicas como ser la nación natal de algunos de los hombres más acaudalados del mundo, frente a pavorosos índices de pobreza extrema.
Como México no hay dos, afirma una conocida canción. Y es verdad. Sólo en México se ve que cada seis años individuos a los que algún golpe de suerte, o su sagacidad torcida los coloque en posición de resolver su situación económica de por vida, en un lapso aproximado de un lustro. En tanto, decenas de millones de compatriotas amanecen cada día sin saber qué van a comer, interrogante que en multitud de ocasiones no alcanzar a resolver.
Tenemos un sistema político y de gobierno putrefacto hasta el tuétano. De los tres poderes emana el hedor de la podredumbre más allá de nuestras fronteras. Jueces corruptos que liberan sin el menor rubor a delincuentes que en otros países hubieran sentenciado de por vida, o mandado al patíbulo. Funcionarios del ejecutivo que han hecho de la corrupción su credo y de la impunidad su bandera. Legisladores parásitos que no desquitan ni la décima parte de sus cuantiosos ingresos, y las únicas leyes que llegan a producir las dejan lo suficientemente ambiguas para luego ser los primeros un burlarlas.
Ante esa panorámica uno se pregunta, como en la célebre serie del genial chespirito: “Y ahora ¿Quién podrá salvarnos?” La lógica nos debía llevar al razonamiento de que si los que estamos no la hicimos, la chamba les tendría que tocar a los que vienen, los jóvenes. Sólo que uno voltea a ver a los que se están incorporando, y emulando a Pitágoras dice: “se baja el cero y no toca”.
Vemos a ejércitos de jóvenes que cada año salen de las universidades después de haber dedicado la mayor parte de su vida a transitar en un sistema educativo idiotizante, que no tienen la menor idea de qué les depara el futuro. Inseguros e impreparados, una gran cantidad de ellos terminaron sus estudios siguiendo el modelo nacional de hacer trampas para ascender. Y ellos serán quienes en pocos años recibirán en sus manos el aparato económico, político y social del país.
Así se incorporan a la vida activa multitud de indolentes a quienes les vale lo que suceda más allá de su entorno, y un puñado de vivales que aprendieron todas las trampas necesarias para reptar hacia las cumbres. También, de cuando en cuando, aparece uno que otro ingenuo idealista que piensa que en México, como sucede en casi todo el planeta, se puede volar hacia la cima, o “cruzar -como lo dijo el bardo-, el pantano y no mancharse”.
Así es que, queridos compatriotas, les tengo una recomendación, si esperan que los jóvenes que están incursionando en la política empiecen a disminuir el grado de podredumbre de la administración pública, consíganse un buen asiento que les aguante algunas décadas. A menos que esté viendo moros con tranchete, me está dando la impresión de que algunos jóvenes políticos están resultando más mañosos y más tramposos que sus mayores. Seguramente llegado el momento serán más rapaces, más prepotentes y más corruptos.
Corríjanme si me equivoco, pero a mí me causa mucho escozor que una jovencita que tiene intenciones manifiestas de dedicarse al oficio más vilipendiado del país, de buenas a primeras recuerde que su papi tiene un negocio, al cual su figura le puede ayudar a sortear la pesada crisis económica. O bien, un jovencito que considera que su carita adorna más que la propia naturaleza y coloque mantas monumentales con su rostro de adonis, pasándose por el arco del triunfo cuanto reglamento lo prohíba, a ciencia y paciencia de quién debería de evitarlo y que en breve será su coordinador de campaña.
Claro, las anteriores pueden ser elucubraciones de un mal pensado. Pero tengo hechos reales y de imberbes reales. Ayudé a dos jóvenes verdaderamente idealistas en una jornada a favor de la Paz, y pensé que invitando a muchachos de la localidad podríamos crear una sinergia que hiciera funcionar mejor el proyecto.
Se lo platiqué y le solicité el apoyo de algunos jóvenes a Paulina Valenzuela, titular del Instituto Hermosillense de la Juventud, un par de semanas antes del evento. Ofreció ayudarme y me pidió le enviara el proyecto, lo cual hice de inmediato. Nunca volví a saber nada de ella. Muy al estilo de los más descorteces de los adultos, jamás me tomó una llamada de multitud que le hice y mucho menos la regresó. Una aclaración, no iba a haber reflectores ni expectativas de lucimiento personal. Ante el desaire y evidente desinterés, me dirigí a Everardo López Córdova, director del Instituto Sonorense de la Juventud, le expliqué en varias ocasiones a su asistente personal el motivo, con el mismo resultado, cero interés y ninguna respuesta. También me mandó por un tubo Roberto Ruibal, presidente del Congreso, aunque ya no es tan joven como los otros.
¿Se me figura o estaré en lo cierto? Los jóvenes creo que aprenden y refinan los vicios de los adultos. Dios nos coja (y no es albur) confesados.
Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.
Archivado en: Olor a Dinero
Es verdaderamente lamentable Feliciano que tengas los dedos que dirige tu pensamiento para escribir tus líneas retacados de razón, es muy desafortunado ver como los jóvenes que se integran al servicio público, lo hacen en su gran mayoría, solo por el interés de beneficiarse y servirse con la cuchara más grande que encuentren, es triste ver en un País con extensa riqueza no sea posible utilizarla para lograr un verdadero cambio, ser ejemplo para otras naciones, pero esto será muy difícil alcanzarlo si nuestro régimen político, el sistema educativo y tantas otros actores no se logran modificar; tantos etcéteras más…